Era la tercera vez que se miraba en el espejo y veía otro rostro distinto al suyo. La primera vez se asustó mucho, dio un salto hacia atrás y, tras echar un último vistazo fugaz al espejo, salió corriendo de la habitación. El reflejo de una niña con el pelo oscuro que parecía esconder algo en la boca, sin duda, no había sido el de su rostro.
La segunda ocasión en la que el espejo de su diminuto cuarto de baño le había devuelto un reflejo distinto al de su cara fue en forma de hombre grueso, rapado al cero, con moratones en la cabeza y un cerco rojo recorriéndole los ojos. Alina se asustó menos esa vez, se hizo creer a sí misma que era una especie de sueño y logró mirar aquella imagen durante al menos ocho segundos. Después, ahogó un grito y corrió escaleras abajo, hacia la calle.
Ahora era su tercera vez. Acababa de colocarse bien el lazo del vestido para salir a jugar a la calle con Rizzia y las demás y se disponía a a arreglarse la larga coleta color miel cuando, de pronto, el espejo le devolvió, de nuevo, un rostro diferente al suyo. Primero vio los ojos: pequeños y enclaustrados en un patio de arrujas circualres. Después, se fijó en la nariz, muy blanca, pequeña y selalada por unos orificios inmensos y oscuros. El pelo amarillento fue surgiendo después, poco a poco. Alina se frotó los ojos y se obligó a sí misma a seguir observando aquella imangen desconocida. Quería saber quiénes eran. Quién la miraba a veces desde dentro de un trozo de cristal. El corazón le latía más y más rápido dentro del pequeño pecho enfundado en el vestido de algodón azul con florecitas.
De pronto, un repiqueteo de golpes se deslizó por el enorme caserón. Eran los puños inquietos de Rizzia que, desde la puerta, reclamaban la presencia de Alina. Los golpes se escucharon de nuevo. Alina continuaba obligándose a mirar a la anciana del espejo. De pronto, ésta le habló:
-Te esperan.
Alina gritó y corrió hacia la puerta. La abrió, tomó a Rizzia de la mano y ambas bajaron a toda prisa, seguidas por los vuelos incansables de sus vestidos, la larga escalera de caracol de inmenso edificio.
*****
La vieja Celly se pintarrajeó los labios a toda prisa y buscó el carrito de la compra por toda la casa. Cuando éste por fin apareció, metió medio cuerpo enjuto dentro del mismo y rebuscó hasta dar con un par de bolsas de plástico arrugado. Se las metió en los bolsillos del chándal color púrpura y se dirigió a la puerta, dispuesta a salir. Se tocó el pecho seco para percatarse de que llevaba colgada del cuello, con un cordón áspero de rafia marrón, la llave de su diminuta casa y, una vez hecha la comprobación, desenfocó la vista. Por un momento, no vio la puerta, la mirilla o la estampa del santo de piel negra que colgaba frente a ella. No, por un instante buscó dentro de su mente hasta dar con un recuerdo cercano. Era una niña. Una niña con rasgos de mujer, con el pelo castaño recogido en una larga coleta.
–¿Qué quiere de mí? Yo no puedo darle nada -masculló entre dientes.
La anciana se giró sobre sus pies, enfundados en unas botas de cuero negro hajado y adheridas a sus pequeños empeines casi como una segunda piel, y se dirigió a la destartalada habitación del fondo. Era un híbrido entre salita de estar, cocina, comedor y cuarto de la plancha y, entre las numeras estampas de extraños santos de aspecto exótico, colgaba un espejo. La vieja Celly se acercó a él como si quisiera mirar más allá de éste, más allá de la pared, más allá de algo que no tuviera nombre.
–Ya te has ido, ¿eh? Buena chica. -dijo al espejo, y volvió de nuevo hasta la puerta. La abrió y, tras toser con ruido de cuchara unas cuantas veces, la cerró de golpe. Sus pasos ligeros levantaron un leve humo de partículas de polvo, que la siguieron hasta la puerta principal al edificio y quedaron desmayadas sobre los adoquines desiguales al sentir el viento gris que acariciaba la calle esa mañana.
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Rumol se despertó de golpe empapado en sudor. La camiseta de tirantes tenía manchas de sangre seca y la cabeza le daba mil vueltas por segundo si permanecía quieto y quinientas mil si parpadeaba. Todo el inmenso cuerpo le dolía con una sutileza machacona y punzante y la boca le sabía a acero recién pulido. Poco a poco, su respiración se fue haciendo más relajada. Fijó sus ojos en el cable pelado del techo, del que colgaba una bombilla cubierta de polvo, y comenzó a recordar.
Recordó la barra del bar de abajo. Recordó que una vez más había pasado la noche en él. Recordó a dos tipos con sombrero de ala ancha y curvada y una sacudida le recorrió la columna: recordó que uno de ellos llevaba una especie de anillo en el que podía meter tres dedos a la vez y recordó, también, la punzada de dolor que sintió al notar el fuerte impacto del metal en su estómago. Otra borrachera más, otra paliza más, otra mañana sin saber cómo había llegado hasta su cama... Su nueva rutina comenzaba a tomar forma.
(RELATO EN CONTINUA RENOVACIÓN. Continuará...)