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Terra
La Coctelera

El mundo me resulta extremadamente tedioso vidas la

El mundo me resulta extremadamente tedioso. Las vidas de la gente me parecen galletas María fabricadas en serie. Me empieza a alucinar el color. Las cosas que tienen color, aquellas que puedo recordar añadiendo al sustantivo que las define un adjetivo en forma de color me hacen sentir bien. Me gusta mirar una casa azul y verde, una piedra amarilla o un cuaderno violeta. Las cosas de colores me recuerdan que hay algo más.

En los últimos días recurro a la lectura de un breve relato de Alasdair Gray titulado «Una estrella». Me ayuda a trasladarme, aunque sólo sea por unos segundos, a un mundo paralelo donde las cosas tienen color y donde los horizontes son más de uno. En concreto, releo una y otra vez un mismo párrafo:

Metiéndose bien debajo de la sábana, abrió la mano y miró. Con el fulgor blanco y azul de la estrella, el espacio de alrededor parecía una cueva dentro de un iceberg. La acercó a los ojos. Vislumbró en el fondo el dibujo de un copo de nieve, lo más fabuloso que había visto en su vida. A través del enrejado de crital del copo vio un océano de relucientes olas azulnegras bajo un cielo repleto de galaxias enormes. Oyó un arrullo remoto, como el ruido de un caracol marino, y se quedó dormido apretando la estrella en la palma de su mano.

Y quiero tener esa estrella en mi mano. Quiero ser el niño que descubre su caída entre la hierba y la recoge y, sobre todo, quiero esconderme bajo las sábanas para perderme en el calor cistalino y azul de un copo de nieve dentro del que me esperan mil océanos y mil galaxias nuevas. Y quiero pensar que hay un lugar allí para mí y que, en forma de estrella, volaré junto a ese niño imaginario sobre el que una vez leí en un libro:

De repente supo qué hacer y se metió la estrella en la boca y la tragó. Mientras el calor tibio le bajaba al corazón, se sintió tranquilo y aliviado. La cara del maestro retrocedió. Maestro, aula, mundo, se alejaron como un cohete en una oscuridad cálida, cómoda, dejando un reguero de gloriosas estrellas, y una de las estrellas era él.

(El relato completo, aquí: http://www.niusleter.com.ar/usleter/usleter93.html)

Puta mentira disfrazada

Estoy fuera. Completamente fuera. No hay paredes alrededor de mi vuelo, sólo junto a mi cuerpo, que permanece y cumple sus rutinas y sus horarios establecidos. Vivo fuera de esta vida pasajera y voy dando forma a la otra, a la que quiero que sea. Miro a mi alrededor y veo cómo cientos de rostros miran hacia delante, sin ir más allá de los veinte centímetros. Más allá de la mesa, del asiento del tren, de la farola, mucho más lejos de este cielo semi gris, es donde miro yo, es donde veo.

Cada vez comprendo menos lo que me rodea. Me siento tan alejada que me planteo si pertenezco a esta misma sangre. Quiero salir de esta jaula repleta de veneradores de barrotes. Miro las caras de la gente y deseo huir de su lado. No soportaría arrastrar sus vidas en mis pies, mirar sus rostros cada mañana en el espejo y acumular sus infelicidades mudas, sus mentiras calladas, sus deseos contables, su engaño continuo.

Necesito pisar la tierra con los pies descalzos y sentir cómo los pájaros vuelan sobre mí mientras la hierba me hace cosquillas en el alma. Quiero salir de esta caja oscura, de esta inmensa mentira contada con risa falsa llamada "gran ciudad".

Estoy aquí. Tecleo. Regalo mis días enteros a cambio de una limosna que me ayude a salir. Quiero gritar, llorar, arrancar cables. Quiero salir. No soy como ellos. No puedo asumir su engaño ni celebrar su mentira continua con sus rutinas y sus prisas enfermizas. Detesto este gran cubo de mierda envuelto en papel de regalo "made in China".

Algún día habrá hierba

Algún día. Tiene que llegar alguna vez. Tiene que haber hierba y un perchero con abrigos en la entrada. Abrigos cálidos que a veces huelen a humo suave. Tiene que haber botas debajo del perchero y un felpudo grueso a la entrada. Y velas. Habrá incienso, nombres propios para cada habitación y tiempo. Será algún día, cuando este error en forma de blasfemia urbana quede borrada de mis minutos para siempre.

Martina

Hola, me llamo Martina. Hoy llevo un abrigo rojo y me llevan de la mano por la ciudad. Me agarra muy fuerte y tiene la piel de color marrón. Las uñas de sus manos son de color muy rosa y son tan largas que seguro que cortan.

Continuará...

Los hombres reflejo

Subió a paso ligero las escaleras del metro y salió a la calle. Llegaba tarde, como siempre. Cruzó corriendo un semáforo en rojo y se dirigió hacia el gran centro comercial. Lo rodeaba cada mañana para llegar a su trabajo y cada mañana veía cómo un hombre distinto vestido de azul limpiaba con agua jabonosa el enorme ventanal circular que rodeaba el enorme templo del consumo. Desde lejos pudo ver que el hombre hoy no estaba. Llevaba más retraso que de costumbre y el limpiacristales debía de estar en algún otro punto del ventanal redondo. Llegó a la altura del inmenso cristal y comenzó a caminar por la acera, en la que brilaban algunos restos de agua mezclada con limpiacristales.

Mientras caminaba cada vez más rápido, algo llamó su atención dentro del centro comercial, aún cerrado al público, y dirigió su mirada hacia el interior del edificio circular acristalado. Vio un enorme reflejo gris: el antiguo edificio situado justo enfrente, en la otra acera. El cristal circular deformaba de una forma extraña el reflejo del inmueble. Delia caminaba mientras miraba la imagen que el espejo le devolvía del viejo edificio y algo le pareció que se movía dentro de las decenas de ventanas que llenaban la fachada gris oscuro. Vio cabezas, medios cuerpos que se asomaban o que reposaban sus brazos en algún alféizar; vio brazos que se agitaban como intentando llamar su anteción, que se movían de forma exagerada, que intentaban hacer todo lo posible para no pasar desapercibidos ante su mirada; vio gente. Delia giró su rostro hacia el inmueble abandonado y un latido violento le golpeó el pecho y le obligó a tragar una enorme bocanada del aire que helaba tan violentamente aquella madrugada: en el edificio gris no había nadie. Ni una ventana abierta. Ni un rostro fugaz, ni una mano en movimiento.

Continuó caminando a ritmo aún más rápido sin atreverse a mirar de nuevo la fachada desierta o el rejlejo curvado. Fue dejando atrás las dos grandes construcciones urbanas y echó a correr hacia la parada del autobús, que estaba a punto de arrancar. Subió a toda prisa, introdujo el bono para pagar y se sentó junto a un hombre que llevaba sobre las rodillas un enorme ramo de flores. Miró por la ventanilla: se fijó en los coches, en dos chicos que cruzaban un paso de cebra sujetando entre los dos un enorme paquete y en un semáforo. El autobús arrancó y Delia se quedó mirando cómo la silueta de luz verde pasaba a ser roja y cómo varios viandantes adoptaban posturas de espera. La silueta roja se mezcló en su mente con la de los peatones, y todo se fusionó de inmediato con los cuerpos que, hacía a penas tres minutos, habían intentado decirle algo desde el interior de un reflejo curvo.

(RELATO EN CONTINUA RENOVACIÓN. Continuará...)

El espejo de Alina

Era la tercera vez que se miraba en el espejo y veía otro rostro distinto al suyo. La primera vez se asustó mucho, dio un salto hacia atrás y, tras echar un último vistazo fugaz al espejo, salió corriendo de la habitación. El reflejo de una niña con el pelo oscuro que parecía esconder algo en la boca, sin duda, no había sido el de su rostro.

La segunda ocasión en la que el espejo de su diminuto cuarto de baño le había devuelto un reflejo distinto al de su cara fue en forma de hombre grueso, rapado al cero, con moratones en la cabeza y un cerco rojo recorriéndole los ojos. Alina se asustó menos esa vez, se hizo creer a sí misma que era una especie de sueño y logró mirar aquella imagen durante al menos ocho segundos. Después, ahogó un grito y corrió escaleras abajo, hacia la calle.

Ahora era su tercera vez. Acababa de colocarse bien el lazo del vestido para salir a jugar a la calle con Rizzia y las demás y se disponía a a arreglarse la larga coleta color miel cuando, de pronto, el espejo le devolvió, de nuevo, un rostro diferente al suyo. Primero vio los ojos: pequeños y enclaustrados en un patio de arrujas circualres. Después, se fijó en la nariz, muy blanca, pequeña y selalada por unos orificios inmensos y oscuros. El pelo amarillento fue surgiendo después, poco a poco. Alina se frotó los ojos y se obligó a sí misma a seguir observando aquella imangen desconocida. Quería saber quiénes eran. Quién la miraba a veces desde dentro de un trozo de cristal. El corazón le latía más y más rápido dentro del pequeño pecho enfundado en el vestido de algodón azul con florecitas.

De pronto, un repiqueteo de golpes se deslizó por el enorme caserón. Eran los puños inquietos de Rizzia que, desde la puerta, reclamaban la presencia de Alina. Los golpes se escucharon de nuevo. Alina continuaba obligándose a mirar a la anciana del espejo. De pronto, ésta le habló:

-Te esperan.
Alina gritó y corrió hacia la puerta. La abrió, tomó a Rizzia de la mano y ambas bajaron a toda prisa, seguidas por los vuelos incansables de sus vestidos, la larga escalera de caracol de inmenso edificio.

*****

La vieja Celly se pintarrajeó los labios a toda prisa y buscó el carrito de la compra por toda la casa. Cuando éste por fin apareció, metió medio cuerpo enjuto dentro del mismo y rebuscó hasta dar con un par de bolsas de plástico arrugado. Se las metió en los bolsillos del chándal color púrpura y se dirigió a la puerta, dispuesta a salir. Se tocó el pecho seco para percatarse de que llevaba colgada del cuello, con un cordón áspero de rafia marrón, la llave de su diminuta casa y, una vez hecha la comprobación, desenfocó la vista. Por un momento, no vio la puerta, la mirilla o la estampa del santo de piel negra que colgaba frente a ella. No, por un instante buscó dentro de su mente hasta dar con un recuerdo cercano. Era una niña. Una niña con rasgos de mujer, con el pelo castaño recogido en una larga coleta.

–¿Qué quiere de mí? Yo no puedo darle nada -masculló entre dientes.

La anciana se giró sobre sus pies, enfundados en unas botas de cuero negro hajado y adheridas a sus pequeños empeines casi como una segunda piel, y se dirigió a la destartalada habitación del fondo. Era un híbrido entre salita de estar, cocina, comedor y cuarto de la plancha y, entre las numeras estampas de extraños santos de aspecto exótico, colgaba un espejo. La vieja Celly se acercó a él como si quisiera mirar más allá de éste, más allá de la pared, más allá de algo que no tuviera nombre.

–Ya te has ido, ¿eh? Buena chica. -dijo al espejo, y volvió de nuevo hasta la puerta. La abrió y, tras toser con ruido de cuchara unas cuantas veces, la cerró de golpe. Sus pasos ligeros levantaron un leve humo de partículas de polvo, que la siguieron hasta la puerta principal al edificio y quedaron desmayadas sobre los adoquines desiguales al sentir el viento gris que acariciaba la calle esa mañana.

*****

Rumol se despertó de golpe empapado en sudor. La camiseta de tirantes tenía manchas de sangre seca y la cabeza le daba mil vueltas por segundo si permanecía quieto y quinientas mil si parpadeaba. Todo el inmenso cuerpo le dolía con una sutileza machacona y punzante y la boca le sabía a acero recién pulido. Poco a poco, su respiración se fue haciendo más relajada. Fijó sus ojos en el cable pelado del techo, del que colgaba una bombilla cubierta de polvo, y comenzó a recordar.

Recordó la barra del bar de abajo. Recordó que una vez más había pasado la noche en él. Recordó a dos tipos con sombrero de ala ancha y curvada y una sacudida le recorrió la columna: recordó que uno de ellos llevaba una especie de anillo en el que podía meter tres dedos a la vez y recordó, también, la punzada de dolor que sintió al notar el fuerte impacto del metal en su estómago. Otra borrachera más, otra paliza más, otra mañana sin saber cómo había llegado hasta su cama... Su nueva rutina comenzaba a tomar forma.

(RELATO EN CONTINUA RENOVACIÓN. Continuará...)

Nhaarön

Se ató con fuerza los cordones de los zapatos, se incorporó y sacudió los hombros para colocarse la americana. Se peinó las cejas grises y espesas con dos pulcros dedos pulgares, cogió aire y abrió la puerta de salida. Llegó al pasillo. Sus zapatos de suela, aunque gastados, resonaron con prudencia por el larguísimo corredor. Tal y como llevaba haciendo desde hacía 39 años, Nhaarön recorrió el pasillo grisáceo a ritmo pausado, cargado con su bolso de mano de falso cuero marrón. Tal y como había venido haciendo desde que tenía 20 años (ahora contaba con 59), de nuevo había vuelto a salir puntual de su trabajo.

Nhaarön era un hombre de rutinas, discrección, voz baja y poca ropa, aunque siempre limpia y bien cosida, en el armario. Dos días después de su vigésimo cumpleaños, había conseguido un trabajo serio en una de las plantas industriales de las afueras de la ciudad, muy lejos de donde se encontraba su apartamento de paredes color ocre antiguo, por aquel entonces alquilado, pero a punto de ser suyo gracias a una hipoteca a la que estaba a punto de poner fin.

A Nhaarön le gustaba recordarse a sí mismo mirándose en los escaparates de su barrio, camino de la fábrica el primer día de trabajo. Llevaba un traje negro con finas rayas grises y los zapatos de brillaban como gruesos escarabajos tomando el sol. La calle siempre veía un Nhaarön impecable que nada tenía que ver con el que se podía ver entre las máquinas, o junto a la cadena de montaje.

Durante 39 años había cumplido a rajatabla su ritual de "dignidad, honradez, sencillez y limpieza", tal y como lo llamaba dentro de su mente, y únicamente dentro de ésta, puesto que tampoco conocía a nadie a quien poder detallarle la filosofía de su día a día. El ritual comenzaba a primerísima hora de la mañana con una buena ducha, independientemente de que la caldera de la comunidad hubiera vuelto a desplomarse sobre el patio de luces y el agua se deslizara por su piel blanca como lo harían los nervios de un glaciar sobre una capa de nieve impoluta. Una vez aseado, con el rostro rasurado y las uñas de las manos bien limadas, Nhaarön realizaba unos cortos ejercicios para el estiramiento de las cervicales.

El siguiente paso era ponerse el traje frente al espejo. Después, los zapatos, que debían ir atados fuertemente. En último lugar, Nhaarön se peinaba mirándose en el espejito cuadrado del baño. Aquella pequeña superficie forrada de plástico verde había reflejado día tras día, mes tras mes, arruga tras arruga, la evolución del cabello de Nhaarön, que había ido dejando atrás el negro más profundo para ir dando paso a un blanco plateado cada vez más luminoso.

A continuación, Nhaarön cogía su bolso de mano, se colocaba frente a la puerta de su apartamento, volvía a asegurarse de que sus zapatos estaban correctamente anudados, y salía a la calle.
El ritual era prácticamente el mismo para salir del trabajo: ducha, aseo personal, estiramientos cervicales, cambio de ropa (el mono de trabajo era sustituido por el traje), zapatos bien atados, peinado, bolso de mano, cordones bien prietos otra vez y, de nuevo, la calle.

(RELATO EN CONTINUA RENOVACIÓN. Continuará...)